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El Cují: un día en el trabajo de atención a la población refugiada colombiana
publicado por I.A.J. COOPERACIÓN el 21/07/10

El sol aquí es colérico. Hemos llegado. Es una cancha de fútbol. En realidad, una esplanada de tierra y unos tubos. Al otro lado, un árbol de sombra consoladora. A este lado, un raquítico colegio. Sin baños, sin profesor desde hace un año.

Esto es El Cují, en Ureña, Venezuela. A escasa distancia de la frontera con Colombia.

El aula es el único recurso de la ?invasión?, un cúmulo de infraviviendas instaladas ilegalmente en terreno privado. En este hostil lugar, malviven 800 personas de las cuales nada menos que el 80% son niñas y niños.

Una de las trabajadoras que apoya el trabajo, quien prefiere no identificarse, anota cada vacuna que dos compañeras de la Cruz Roja van asestando.

?Es parte del kit de emergencia, detalla, compuesto de servicios de alimentación básica, higiene y lactancia?.


vacuna

En esta atención, se han unido varias organizaciones: ACNUR, Cruz Roja, Cáritas, el Servicio Jesuita a los Refugiados, el italiano CISP y la Organización Internacional de Migraciones.

?Acudimos a sectores como éste porque, al estar tan cerca de la frontera, encontramos a quienes vienes huyendo del conflicto armado en Colombia?.

Nos interrumpen. Una niña llora como un animal. Tiene miedo a la inyección. La trabajadora se gira para calmarla.

Según la web de ACNUR, el número de personas refugiadas reconocidas por el Estado venezolano es de 1.364 personas, los solicitantes de asilo son 14.187.

Desde 2002, unas 200.000 personas podrían haber llegado a Venezuela buscando refugio. Son uno de los resultados de más de 40 años de conflicto.

Cuando se vuelve, sonríe orgullosa: ?Mis hijos vienen porque quiero que valoren lo que tienen. También me gustaría que cuando crezcan hagan voluntariado?.


información de prevención

De momento, colaboran repartiendo información a las personas que usan el servicio.

Comienza el espectáculo. Una trabajadora de Cruz Roja ha preparado un proyector con presentaciones, de las que circulan por internet, para amenizar el mal rato con música y frases estimulantes.

La verdad es que canciones como ?What a wonderful world? se hacen difíciles de reconocer en un contexto así.


trabajadora de la cruz roja lee presentaciones y pone música para que el grupo que se vacuna no pase tan mal rato

Hablo con Lucenith, una de las mujeres que ha pasado ya la cola de vacunación y de control de presión. ?Es muy bueno que venga, dice mirando a la compañera de Cruz Roja, los niños se relajan porque ven otras caras?, reconoce.

Lucenith es colombiana. Tiene dos niños y lleva 10 años en El Cují sin papeles. No vino por la violencia: ?Allí no tenía nada, aquí al menos tenemos casa?, explica. Hasta ahora, se ganan la vida con un pequeño taller de costura.

Alguien llama nuestra atención. Nos volvemos. La compañera de la Cruz Roja continúa con su pequeño espectáculo. ?¡Ahora una sobre el dengue!?, bromea. Hoja de albahaca para expantar los zancudos (mosquitos). No tener floreros. Las ruedas, también atraen a los insectos. ?Y recordad: el dengue puede ser mortal?, concluye.

Otra señora se acerca. Le brillan los ojos. Sonríe muchísimo. En voz baja, lejos de la gente, me pide mi dirección. Es una confesión. Mira a todos lados temerosa. Va a enviarme un libro sobre su experiencia y la de otras personas. Sobre la violencia. Insiste en firmarme el cuaderno donde tomo notas. ?Un autógrafo de parte de la Historia?, pienso para mí.

Mientras, uno de los empleados del ACNUR desaparece a cada rato con alguna persona. Para proteger la información de la historia de cada persona, se ocultan bajo un árbol lejano, dentro del jeep de la organización. Luego, regresa con unos formularios garabateados. Son solicitudes de asilo a valorar y presentar al gobierno.

Por fin, la cola se agota. Salimos a la tierra. Cruzamos hacia la sombra protectora, allí donde un par de empleadas del Servicio Jesuita y varias madres voluntarias les pintan las caras a decenas de niñas y niños.


pintura

Otra forma un corro de la patata. Hacen juegos, cantan y, entre todos los gritos, saltos y estribillos, la mujer aprovecha para valorar cómo viven: ?¿Quién quiere pintarse luego la caraaaa?, ¿quién no ha desayunado hoooy??. Afortunadamente, a la segunda pregunta apenas se levantan manos.


corro

Repartimos lectura a las niñas y los niños. Uno pide dos. Otros los intercambian, cual cromos.


lectura que repartimos a la comunidad del cují

A nuestras espaldas, comienza otro espectáculo. Un grupo de danza universitario sale de un autobús. Ejecutan varias danzas folclóricas, cambiando en cada ocasión de traje típico. Probablemente, ésta será la única actividad cultural a la que asistan en mucho tiempo.


un grupo de población refugiada observa unos bailes de un grupo de danza universitario

danza folclórica en el cují

El grupo observa atento, excepto, claro, cuando se reparten refrescos y chucherías. La fiesta acaba. Los jeeps parten de vuelta a San Cristóbal, la capital del estado de Táchira.

Insisto. En esta invasión habitan 800 personas. En esta parte del mundo, hay 2219 kilómetros de frontera. Se calcula que son 200.000 personas refugiadas aproximadamente. En los últimos 20 años, en Colombia han muerto más de 70.000 personas y más de tres millones se han convertido en desplazadas internas. Ya son más de 40 años de conflicto.

En la imagen, la invasión del Cují


 
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